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Ajustes culturales
Así como el filósofo Claude Levi Straus, con su sentencia de que lo natural es lo que se hace y lo cultural cómo se hace, zanjó el debate sobre la universalidad de la cultura, Silvio Torres Saillant, con su afirmación en este número de Global de que “si la cultura salvara a los pueblos, ya todos los pueblos se habrían salvado, dado que no existe pueblo sin cultura”, pone fin a la confusión acerca de la función de la cultura, función que el Estado dominicano había oficializado usando como divisa la frase del pensador Pedro Henríquez Ureña, “sólo la cultura salva a los pueblos”, pero sacándola fuera de su ineludible contexto.
Asimismo son pertinentes las críticas del profesor de la Universidad de Syracuse y uno de los líderes de la diáspora dominicana al Estado que fomenta una política apoyada en concepciones culturales excluyentes y que oculta la hibridación de los valores y comportamientos que conforman lo dominicano. Mientras “el espacio cultural de la Cofradía de los Congos del Espíritu Santo de Villa Mella” es exaltado por la Unesco ¡en la primera proclamación de patrimonio intangible que hace esta institución en 2001! a obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad, el Teatro Nacional de la República Dominicana aún no se honra y enorgullece llevando a sus escenarios el trepidar de los palos de Pío Brazobán y Sixto Minier.
Bienvenidas sean por igual la confianza y la esperanza de Torres Saillant en que el Estado dominicano, después de la segunda mitad de 2004, haya comenzado a practicar una política cultural más inclusiva, en la cual lo nacional esté lleno de toda su hetero geneidad. Hay que advertir, sin embargo, que para que esto sea posible no basta con que los nuevos regentes del Estado convengan con esa nueva concepción; es preciso que los escogidos para ejecutarla estén de acuerdo con ella y dispuestos a realizarla.
Quienes creen que la cultura es estática y que su patrimonio es sólo lo tangible, lo monumental, no pueden ejecutar unos lineamientos que entiendan que la cultura se transforma y que su patrimonio se nutre también de lo intangible: de las tradiciones, de los valores, de los comportamientos… de la gente.
Quienes creen que la cultura nacional se reduce a la contribución de una etnia, pueblo o nación, no pueden poner en práctica unas posturas que reconozcan que la cultura nacional es un híbrido resultado de varios aportes.
Carlos Dore Cabral

